Teníamos que dejar las motos montadas en el remolque antes
del viernes, para que no se nos hiciera demasiado tarde la llegada a Almudevar
–Huesca- y así lo hicimos. El martes quedaban las tres machines subidas al
remolque y bajo cubierto en mi casa.
Y llegó el día. A las 13:30 del ansiado viernes Richy estaba
en Santiago D.C. para salir rumbo oriente con todo atado y bien atado. Poco
antes de llegar a Lugo recogimos a Antonio y ya estábamos!. El viaje fue tan
entretenido que entre que nos poníamos al día de nuestras vidas, arreglábamos
el mundo y enaltecíamos el poderío de nuestras monturas, nos vimos a la altura
de Benavente y habiéndonos pasado el desvío de León, decidimos, a pesar de
perder algo más de tiempo, tomar dirección Palencia en vez de dar media vuelta.
Somos así. Siempre p’alante!. Paradita a tomar un pincho de tortilla, llenar
depósito ya con la noche encima y carretera. El cielo estrellado pronosticaba
un fin de semana de calor y buen tiempo que así sería.
A las once de la noche llegábamos a Almudevar donde nos
esperaba puntual Álvaro. Manos a la obra para desmontar las motos… y … Las
llaves!!! Noooooooooo!!. No me lo podía creer, me había dejado las llaves de la
moto de Antonio y de la mía en casa. Mi pecho se hizo uva pasa y la ansiedad
recorrió cada rincón de mi maltrecha estampa. Antonio se había traído las de
repuesto, pero yo me las había dejado junto con mi vergüenza. Richy pronosticó:
“por eso no hay problema!” mientras Antonio y Álvaro asentían tal afirmación y
mi pecho recobró su tersura habitual. Como si con eso no fuera
suficiente, en un despiste, mi moto decidió apearse del carrito ella sola y
haciendo medio tirabuzón aterrizó sobre el suelo sin mayor consecuencia que el
manillar medio torcido, poca cosa. Cenamos lo que buenamente nos pudieron
preparar en el hotelito, en forma de jugoso bocata de jamón con tomate y a
dormir, que mañana tocaba madrugar.
7:30 de la mañana en pie. Desayuno en casa de Alvaro y al
coche. Teníamos que localizar un taller donde comprar unos “faston” para
hacerle el puente a mi moto y allí nos fuimos. Hubo suerte y en el taller
motero que frecuenta Álvaro nos obsequiaron con lo necesario para robar mi
propia montura. A media mañana todo estaba solucionado.
Álvaro no nos podía acompañar por motivos laborales, pero
nos facilitó un track que nos llevaría por una pequeña sierra del famosérrimo desierto
de Monegros y allí nos fuimos. Richy con el track en su GPS, luego Antonio y
por último el mendalerenda, también con el track cargado en mi pequeño Android.
Tanto Richy como yo estrenábamos 625 sxc, así que los
primeros kms y en general todo el fin de semana, fue una primera toma de
contacto con esta máquina que si bien ya sabíamos de ella por nuestras
antecesoras, nos sorprenderían gratamente.
Me estaba costando bastante adaptarme a montura y terreno.
Nunca antes había rodado sobre un firme semejante durante tanto tiempo. Es
cierto que en Galicia tenemos pistas parecidas, pero muy localizadas, nunca
acumulan tantísimos kms y me costó lo suyo hacerme a la idea de que la rueda
delantera también tenía que deslizar. Las piedrillas sueltas y tierra seca no
permiten ese agarre que sí proporciona la negruzca tierra de mi zona. Pistas
rápidas y un sendero, alternando con alguna paradita para contemplar el entorno
y comentar las primeras sensaciones, nos llevarían a La Plana –Robles-, donde
conoceríamos a nuestro primer amor aragonés. Ambar 1900 que rica!!!. No
habíamos hecho más que 53 kms pero la mañana llegaba a su fin y teníamos cita
con Álvaro para comer. Barajamos la idea de retornar por carretera, pero luego
de mensajearnos con Álvaro decidimos que por el mismo track nos debería dar
tiempo a llegar sin quedar mal con nuestro anfitrión y así lo hicimos.
Sendero para arriba y luego pistas rápidas en las que Richy
y Antonio abrieron gas como demonios, y la verdad que yo empezaba a encontrar
el necesario “feeling” para poder seguirlos… o por lo menos intentarlo. Estaba
disfrutando muchísimo notando bailar el tren trasero y dejando que el delantero
se fuera un poco hacia donde la inercia lo llevara. Freno trasero entrando en
curva junto con una sutil caricia al delantero y gas para salir haciendo que la
moto fuera al sitio… y otra curva y más gas y una recta y gas! y gas! y gas! y
gas!, derrapa! Mete la moto!, saca la pierna! Contramanillar y a disfrutar como
un cochino!
Me lo estaba pasando realmente bien. Por un momento en aquel
secarral había flores de colores, arcoíris y ninfas desnudas a caballo que
coreaban mi nombre. Que pasada!. En serio!. Una gozada!!!
A los 25 kms de ruta me los encontré parados. A Richy se le
estaban perdiendo las tuerquecillas que lleva el soporte reciclado del GPS que
se había construido de urgencia reutilizando partes de otros, así que lo
desmontó y a la mochila. Me tocaba hacer de guía.
Lo de ir navegando atendiendo al track es algo que me gusta
y practico habitualmente, así que sin problema, pero bajando el ritmo, intenté
llevarlos sanos y salvos a casa jajaja. Aún así disfruté mucho de esos 25 kms
restantes hasta casa de Álvaro, donde nuestras caras lo decían todo y las
palabras se nos atropellaban unas a otras antes de ser pronunciadas. Todos
teníamos algo que comentar de ese retorno en el que tanto disfrutamos. Yo el
que mas! Jajaja. Una miradita al resumen del track y 53 kms en una hora exacta. Que pasada!. En Galicia para
hacer los 30 ya te vas jugando el cuello, así que una media de 53 kms/h es
impensable.
Álvaro tenía preparada una comida rápida -cíñanse al
contexto! jajaja-, que es en lo que habíamos quedado para poder aprovechar la
tarde. Así que después de haber saciado nuestro apetito, en grata compañía de
su atentísima mujer Merche y encantadora hija Gala, que ni se la siente
“miñapobre”, conocimos nuestro segundo amor aragonés. El delicioso Lazo de Almudevar que nos zampamos
de postre. Que rico por dios!!.
Y vuelta a las motos. Esta vez con el anfitrión a la cabeza,
nos fuimos de turismo moteril rumbo Norte entre campos y campos aragoneses,
hasta al embalse de Sotonera, con magníficas vistas desde su Atalaya. Fotos, risas
y las pertinentes explicaciones de Alvaro nos situaban sobre el terreno
visualizando la sierra que atacaríamos el Domingo. Perfecto!! De regreso la
noche se nos echó encima, pero por esas gentiles pistas, no es un problema.
Bajar el ritmo y a disfrutar del cielo estrellado sin perder de vista el
terreno. Magia!.
Al pueblo llegamos por separado, pero al mismo tiempo. Álvaro
les había dado paso a los locos de la pradera, que con problemas para frenar o
dejar de acelerar se habían adelantado bastante y despistado en un cruce,
mientras que Álvaro y yo nos ceñimos al camino principal. Pobres Richy y
Antonio, no sé yo si darán con ese problemilla técnico que tienen. Ansia creo
que le llaman jajaja
Llegamos a casa de Álvaro y lo primero que hizo fue sacarnos
unas birritas frías conocedor de las necesidades del guerrero. Así que entre
trago y trago, anécdota, carcajada y motos, motos y más motos como principal
tema de conversación, poco a poco y con la pereza del que está disfrutando el
momento, nos fuimos despojando de nuestras equipaciones. Ducha en el hotelito y
a las nueve y media estábamos degustando los caldos de la tierra con Álvaro,
Merche y la buenísima Gala que tan bien se portó durante toda la cena. Un
variado de prácticamente todo lo que nos habían recomendado para cenar y grato
charloteo entre amigos. Paseo nocturno por el pueblo con degustación de la
espirituosa crema de orujo gallega y a dormir, que al día siguiente el
despertador sonaría a las seis y media de la maña. Había que aprovechar desde
el primer rayo de sol.
Sin haber amanecido aún y puntuales a la cita, a las siete y
poco ya estábamos un día más desayunando en casa de Álvaro unos cafeses e
infusiones con delicias dulces del pueblo para empapar. A las motos y gas!!.
Hoy tocaba la Sierra de Loarre, pero antes de llegar,
paradita en Ayerbe. Álvaro nos tenía que mostrar en qué consistía el almuerzo
aragonés. Se nos acerca el jefe del bar, nos ofrece una variedad de comida impropia
para las nueva y media de la maña que eran, situándonos más en tierras vikingas
que oscenses… pero así era. Tocaba pedir algo de comer. Nos costó. Creo que
nuestros gallegos cerebros no están preparados para escoger entre huevos
fritos, albóndigas, longanizas, pancetas y que se yo, a esas horas de la
mañana. Por no hablar del asturiano cerebro de Antonio, que prefirió quedarse
al margen. Pues venga, va!, unas albóndigas de esas y unas longanizas, birras y
al carallo!, allí donde fueres, haz lo que vieres. Antonio lógicamente probó de
todo. No había más que oler aquello para que la segregación bucal obligara al
mordisco. Le dimos matarile a todo cuanto había en la mesa y ya! Que aún
quedaba mucha ruta por delante.
Al poco rato estábamos atascados en un pedregal de
importante desnivel y teniendo en cuenta que la ruta no acababa más que
empezar, decidimos no entrenernos en aquello. Una caída tonta en la que
rompamos una maneta y ya perdemos media mañana. Hoy no se trataba de domar la
montaña sino de pasearnos por ella. Un pequeño rodeo y en nada estábamos de
vuelta en el track previsto.
La zona es realmente bonita y accesible, lo que también la
hacía bastante concurrida en familias, ciclistas, 4x4’s y en general todo ser
humano con ganas de aire fresco. Creo que regalaban rosquillas o algo. El caso
es que había que rodar con traquilidad y buena letra y así lo hicimos. Unas
ruinas por aquí, otras por allá, impresionante mirador. Otro más. Unas fotillos
de rigos, poneos todos juntos que esta amable montañera nos hace una de grupo.
Otras fotillos a traición, acantilados abajo y buitres arriba… y con una temperatura
perfecta para lo que tocaba, disfrutamos muchísimo del espectáculo que estas
rojizas montañas proporcionan al visitante, que en grata compañía, te hacen
sentir en el lugar donde tienes que estar. Hay formas y formas de desconectar
de la rutina habitual y desde luego, aquella era una de las más efectivas.
Dejando atrás el Mirador de los buitres y la Torre y Ermita
de Marcuello, con las impresionantes vistas a los Mallos de Riglos y
atravesando frondosos bosques adornados por un curiosísimos y puntiagudo
arbusto que Álvaro denominaría “asiento de la reina” y que nada tiene que
envidiar al Toxo galaico por sus puntiagudas maneras... lo vimos a lo lejos!,
allí estaba!. En ese momento no fue complicado imaginarnos caballeros de la
orden de Loarre a lomos de nuestros corceles de brillantes crines… Majestuoso,
imponente y como si los siglos no hubieran pasado por sus piedras, El Castillo
de Loarre. Allí nos sentamos a dar buena cuenta de unas Ambar 1900 que nuestro
cuerpo agradeció con salvas.
Retomamos marcha por buenas pisas y descendimos de los
cielos para volver a los campos aragoneses. Ya se nos estaba haciendo algo
tarde. Hoy, en alguna hora, teníamos que emprender camino de vuelta a casa y
con 900 kms por delante, tocaba retorno. Pistas rápidas y con el sol
palideciendo llegamos una vez más a casa de Álvaro y al lío. Mientras unos
montaban las motos en el carro, otro se duchaba y así sobre las cuatro y media
de la tarde teníamos montadas las motos en el remolque y un platazo de rica
pasta en la mesa para reponer fuerzas… y rumbo a casa.
Un fin de semana para enmarcar. Buen tiempo, sin mayores
percances, en grata compañía y con Alvaro y Merche de anfitriones, nada podía
salir mal.
Álvaro!, te has ganado la condecoración máxima al
anfitrión/guía motero del año, sin duda alguna.
Repetiremos seguro!!